La leyenda de Cliff Young: El viejo que salió del barro
para mearse en la ciencia de los atletas de cristal
Hay
historias que huelen a vestuario de primer nivel, a batidos de proteína de cien
dólares y a zapatillas diseñadas por la NASA. Esta no. Esta historia huele a
bosta de vaca, a lluvia torrencial, a té recalentado y a la grasa de un overol
que no se lava hace meses. Esta es la historia de Cliff Young, el viejo de 61
años que en 1983 se anotó en la carrera más brutal del planeta y destrozó a los
atletas más preparados del mundo usando el arma más peligrosa que existe: no
tener la más puta idea de que lo que estaba haciendo era imposible.
Agarrate,
porque esto no es running. Esto es supervivencia
Un
bicho raro en la línea de largada
Año
1983. Australia. Se organiza la primera Ultramaratón de Sídney a Melbourne. No
estamos hablando de una carrerita de domingo para sacarse una foto en
Instagram. Estamos hablando de 875 kilómetros de asfalto ardiente, lomas
rompe-piernas y un clima que te cocina de día y te congela de noche.
En la
línea de salida estaban los purasangre. Tipos de veintitantos años,
patrocinados por marcas gigantes, con médicos que les medían el lactato en
sangre y zapatillas con cámaras de aire. Y en el medio de ese circo de lycra y
marcas premium, aparece él.
Albert Ernest Clifford "Cliff" Young. 61 años. Un
paisano que vivía en una granja perdida en Beech Forest, Victoria. El viejo
cayó a la presentación con un overol de trabajo gastado y botas de goma para la
lluvia. No tenía dientes (se había sacado la dentadura postiza porque le
bailaba en la boca y le molestaba para respirar). Corría encorvado, como si
estuviera buscando algo que se le cayó al piso.
Los
médicos del evento se agarraban la cabeza. Le tomaron la presión esperando
encontrar un pasaporte al cementerio. Le rogaron que no corriera. Pensaban que
el viejo se iba a infartar a los diez kilómetros y que el cuerpo iba a quedar
tirado al costado de la ruta como un perro atropellado. Cliff solo sonrió con
sus encías desnudas y dijo que estaba bien, que él solo quería trotar un rato.
El
secreto del barro: Por qué el dolor era su mejor amigo
Cuando
sonó la largada, los profesionales salieron disparados. Cliff se quedó atrás al
instante, con un trote feo, arrastrando los pies como si tuviera dos bolsas de
papas atadas a los tobillos. La gente se reía. Parecía un chiste de mal gusto.
Pero lo
que los científicos del deporte no sabían era dónde se había criado ese viejo.
Cliff vivía en una granja de 800 hectáreas con más de 2.000 ovejas. En esa zona
de Australia, cuando se venía una tormenta brava, los caballos no entraban por
el barro y las camionetas se encajaban. ¿Qué hacía Cliff? Salía a pie a arrear
a las ovejas. A veces pasaba dos, tres o cuatro días seguidos corriendo bajo el
agua, sin dormir y sin parar, hasta que juntaba el último animal.
Mientras
los atletas de élite entrenaban en pistas perfectas midiendo los segundos con
cronómetros digitales, Cliff llevaba cuarenta años entrenando en el infierno,
con el agua hasta las rodillas y el frío calándole los huesos. Su cuerpo no
conocía los masajes, conocía el rigor.
La
noche que cambió la historia del deporte
El gran
quiebre de la carrera llegó cuando cayó la primera noche. Los equipos de los
atletas profesionales armaron las carpas. Los corredores se bajaron de la ruta,
se clavaron masajes en las piernas, comieron barritas energéticas
científicamente diseñadas y se acostaron a dormir unas seis horas para que el
músculo no colapsara. Era lo lógico. Lo que decían los manuales de medicina.
¿Y
Cliff? Cliff no tenía manuales. El viejo no tenía televisión en la granja, no
leía diarios y nadie le había explicado las reglas no escritas de la
ultra-distancia. Él pensaba que era una carrera continua: el que llega primero,
gana. Así de simple. Así de cavernícola.
Mientras
los jóvenes de cristal dormían plácidamente en sus bolsas de dormir térmicas,
el viejo siguió trotando en medio de la oscuridad de la ruta nacional, bajo la
llovizna, alumbrado apenas por los focos de alguna camioneta de apoyo. Cuando
los profesionales se despertaron y preguntaron dónde estaba el viejo de las
botas, los comisarios de la carrera se miraron pálidos: "Ya les sacó
kilómetros de ventaja. Nunca paró".
El
"Young Shuffle": Mecánica de campo
A
medida que pasaban los días, el mundo empezó a notar algo rarísimo. El trote
feo de Cliff, ese andar agachado y arrastrando las suelas que al principio
causaba gracia, era una genialidad de la ingeniería biológica natural.
Al no
levantar casi los pies del suelo, Cliff eliminaba el impacto vertical que
destruye las rodillas y los gemelos de los maratonistas tradicionales. Gastaba
el mínimo de energía por kilómetro. Ese estilo hoy se estudia en las academias
de atletismo bajo el nombre del "Young Shuffle" (El arrastre de
Young). El viejo inventó una técnica revolucionaria simplemente porque sus
articulaciones con artritis no le permitían correr de otra manera.
El
estallido mundial: La TV, los diarios y la fiebre por el viejo
Para el
tercer día, la carrera ya no era un evento deportivo; era un fenómeno social
que paralizó a Australia y cruzó los océanos.
Los
canales de televisión como la ABC y el Channel 9 cortaban su programación
habitual para transmitir en vivo desde las camionetas que seguían al viejo. Los
relatores no podían creer lo que veían: un tipo de la tercera edad,
alimentándose a base de galletas de avena y té que le daba su madre de 81 años
desde la ventana de una furgoneta, estaba destrozando a los campeones
continentales.
Los
diarios más importantes del mundo empezaron a mandar corresponsales. El New
York Times de Estados Unidos, el Daily Mail británico y diarios de toda Europa
ponían en portada la cara arrugada de Cliff. Las agencias de noticias
internacionales deliraban. ¿Quién carajo era este viejo que estaba
reescribiendo la ciencia con un pantalón de gimnasia viejo que le quedaba
grande?
Famosos
de la época, estrellas de cine y políticos australianos empezaron a mandar
mensajes de apoyo. La ruta se llenó de gente. Familias enteras acampaban al
costado del asfalto a las tres de la mañana solo para ver pasar la silueta
encorvada del viejo y gritarle: "¡Dale, Cliff!". El tipo se convirtió
en un imán humano. Los corredores profesionales, desesperados, intentaron
recortar horas de sueño para alcanzarlo, pero sus cuerpos, acostumbrados al
descanso, empezaron a romperse. Cliff, programado para el barro, seguía igual.
Un metrónomo de carne y hueso.
La
gloria absoluta y la cachetada al sistema
El 27
de abril de 1983, Cliff Young cruzó la línea de meta en Melbourne.
El
tiempo: 5 días, 15 horas y 4 minutos.
La
hazaña: Le sacó casi 12 horas de ventaja al segundo puesto (un atleta de
élite que llegó destrozado) y bajó el récord estimado para ese trayecto en dos
días enteros.
Cuando
cruzó la cinta, la multitud deliraba. Había miles de personas llorando,
fotógrafos empujándose y micrófonos que se le metían en los ojos. Un periodista
se le acercó y le dijo: "Cliff, ganaste. Acá tenés tu premio de 10.000
dólares australianos".
Cliff
se quedó mirando el cheque con cara de no entender nada. Miró al periodista y
le dijo: "¿Había plata? Yo no sabía. Corrí porque me gustaba el
desafío".
Y ahí
es donde Cliff Young pasó de ser una anomalía deportiva a convertirse en un
dios pagano. El viejo miró hacia atrás, vio a los atletas que venían llegando
atrás de él, rotos, acalambrados, con los pies sangrando por haber intentado
seguirle el ritmo, y pensó que no era justo quedarse con todo. Pidió que
trajeran a los cinco corredores que llegaron después de él y repartió los
10.000 dólares en partes iguales entre ellos. Se quedó con cero pesos en los
bolsillos. Se subió a la camioneta de su vieja y se volvió a la granja a seguir
cuidando ovejas.
Las
repercusiones en la ciencia médica
El
impacto de Cliff Young duró años. Las universidades de medicina deportiva
tuvieron que tirar a la basura decenas de manuales sobre el descanso y la
fatiga muscular. Los científicos pasaron meses estudiando cómo un hombre con
artritis, sin dieta proteica y con nulo entrenamiento moderno pudo resistir el
esfuerzo continuo sin sufrir un fallo multiorgánico.
Descubrieron
lo que la modernidad a veces olvida: que el cerebro manda sobre el músculo, y
que cuando la mente no está contaminada por el miedo al fracaso o por los
límites que te impone la teoría, el cuerpo humano es una máquina de resistencia
casi infinita.
El
último trote de un tipo de verdad
Cliff
no se mareó con las luces de la televisión ni con las ofertas de los
patrocinadores que querían ponerle su marca a las botas de goma. Siguió
corriendo porque era lo único que sabía hacer para calmar la mente. En 1997, a
los 75 años, intentó correr alrededor de Australia para juntar fondos para
chicos huérfanos; completó 6.500 kilómetros antes de que una neumonía lo
frenara.
Falleció
en 2003, a los 81 años, en su cama, tranquilo. En su pueblo natal no hay una
estatua de su cara con pose de héroe de plástico. Hay un monumento diferente,
rústico, hecho de bronce: una bota de goma gigante.
Ese es
el verdadero monumento al hombre de campo. El tipo que demostró que para entrar
en la historia grande no necesitás el último modelo de zapatillas ni un plan de
entrenamiento en el gimnasio más caro de la ciudad. A veces, lo único que
necesitás es un overol gastado, la cabeza dura como una piedra, y salir a
correr como si se te estuvieran escapando las ovejas en medio de la tormenta.
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