Hablar de Sartan es meterse de cabeza en el barro y la
prehistoria del Black Metal argentino. No estamos hablando de producciones
pulidas ni de estadios; estamos hablando de pura resistencia subterránea,
fotocopias y casetes que se intercambiaban mano a mano en el Parque Rivadavia.
Acá
tenés la radiografía de una de las bandas más místicas y extremas de la escena
local:
Los
inicios: El nacimiento de la blasfemia criolla
Sartan
nació a principios de los años 90 en Buenos Aires, liderada por una figura
central y controversial del underground: Sarkis Kaloustian (bajo y voz). En una
época donde el metal pesado en Argentina estaba dominado por el Thrash, el
Death tradicional y el Heavy clásico de herencia directa de la H, Sartan pateó
el tablero buscando la máxima hostilidad posible. Su propuesta no era solo
musical, sino una declaración de guerra ideológica y anticristiana en un
contexto social muy distinto al europeo.
La
trilogía del cassette: Ruido, fotocopias y cultos
La
banda se manejó siempre bajo la estricta ética del Tape Trading (intercambio de
casetes por correo). Sus trabajos más recordados son hoy piezas de culto
imposibles de conseguir:
Sartan
I y Sartan II: Demos crudos, con una producción totalmente lo-fi (baja
fidelidad) donde el apocalipsis y el satanismo se mezclaban con un sonido
rústico, sucio y violento.
Sartan
III (El regreso de las sombras): Quizás uno de sus registros más buscados
por los coleccionistas del metal extremo local, donde la agresión sonora se
radicalizó todavía más.
El
sonido: Black Metal sin nieve
A
diferencia de las bandas noruegas que usaban la atmósfera fría y los
sintetizadores, el Black Metal de Sartan era puro asfalto, mugre y trinchera.
Tenía una fuerte influencia del sonido denso y primitivo de la primera ola
(Venom, Hellhammer, el primer Sepultura o Sarcófago de Brasil). No había
pretensiones técnicas; lo que importaba era la violencia del machaque, los
gritos podridos y el clima de opresión que generaban en sus grabaciones.
El mito
del directo: Verlos en vivo en los 90 era una experiencia caótica. Tocaban en
sótanos oscuros del conurbano o de capital ante un puñado de fanáticos de la
vieja guardia, muchas veces compartiendo fechas con bandas de Death Metal o
Grindcore, ya que el circuito de Black Metal puro era casi inexistente en ese
entonces.
Sartan
representa esa época donde hacer música extrema en el país requería un nivel de
militancia absoluto: si querías que te escucharan, tenías que patear la calle,
repartir volantes y grabar encima de casetes usados.
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