Entramos en el terreno del Mesopotamian Metal (una cruza única de Black Metal, Thrash y música folclórica del Medio Oriente).Melechesh es una banda que rompe todos los moldes. No es el clásico Black Metal de los noruegos que lloran en el bosque nevado; esto es fuego, desierto, mitología sumeria y un laburo técnico que te deja de cama.Pasémosle el escáner sin anestesia.
1. El Árbol Genealógico y el "DNI" de la Banda
El Origen y el Exilio: Nacen en 1993 en Jerusalén. Al pibe hay que explicarle el contexto geopolítico y religioso porque acá es fundamental: armar una banda de Black Metal con temáticas paganas, sumerias y oscuras en una ciudad sagrada para las tres grandes religiones monoteístas es buscarse problemas en serio. De hecho, las autoridades religiosas y la policía local los persiguieron tanto por "satanismo" que en 1998 la banda tuvo que armar las valijas e irse al exilio.
El Prontuario: El cerebro, compositor y dictador musical del proyecto es Ashmedi (guitarra, voz y folclore). El tipo es un erudito de la historia de la Mesopotamia. El otro pilar histórico es Moloch en la guitarra. Por la batería pasaron bestias del metal extremo mundial como Proscriptor McGovern (de la banda yanqui Absu) o el mismísimo Xul. No son vagos que rascan la guitarra; son músicos con una precisión milimétrica, capaces de tocar a velocidades extremas ritmos que no son occidentales.
Las Fronteras: El mapa actual de Melechesh es una locura transfronteriza total. Nacieron en Jerusalén (con raíces armenias y asirias), pero se terminaron refundando en Países Bajos y Alemania. Hoy en día la banda opera como un engranaje global: ensayan en Europa, graban en estudios de primer nivel internacional y giran por todo el mundo llevando el pulso del desierto a las capitales occidentales.
2. El Termómetro de la Prensa (La mirada ajena)
¿Qué dice el 'hype' especializado?: La prensa internacional (revistas grandes como Rock Hard, Metal Hammer o portales como Blabbermouth) los ama. Los tratan de "pioneros" y "creativos únicos". Se les tira flores constantemente por haber inventado un subgénero propio y por meter instrumentos tradicionales del Medio Oriente sin que suene a parodia barata.
El filtro crítico: El periodismo del metal a veces cae en el fetiche de lo "exótico". Como vienen de Medio Oriente y hablan de mitología sumeria, la prensa europea y yanqui se deslumbra fácil y les perdona cuando los discos se vuelven demasiado pretenciosos o largos. Hay una corrección política en el elogio: se premia la "rareza" cultural por encima de si el disco tiene gancho o no.
3. El ADN Musical
Imaginate las cabalgatas y la velocidad del Thrash de los 80, la oscuridad del Black Metal y la música tradicional que escucharías en una caravana por el desierto de hace cuatro mil años.
Pata A (El Black/Thrash extremo): La velocidad y el ataque de bandas como Celtic Frost, Slayer o los primeros discos de Bathory. Las guitarras van a mil por hora, con ese rasguido constante del Black Metal pero con un ajuste rítmico que es puro Thrash agresivo.
Pata B (Las escalas e instrumentos de Oriente): Acá está el truco. No usan las escalas típicas del rock occidental. Usan microtonalidades y escalas árabes (como la escala doble armónica). Además, meten instrumentos tradicionales como el Saz (un laúd turco) o percusiones como la Darbuka.
Es como si Slayer se hubiera robado una máquina del tiempo, hubiera viajado a la antigua Babilonia a tomar vino con los reyes sumerios y se hubieran puesto a zapar en el medio de una batalla del desierto.
4. La Trinchera: Discografía y Evolución
Escuchar a Melechesh en orden es ver cómo una banda pasa de la roña más absoluta del under a una superproducción cinematográfica:
As Jerusalem Burns... Al'Intisar (1996): El debut. Grabado en Jerusalén con dos mangos. Es un Black Metal crudo, ruidoso, pero donde ya se empezaban a notar esos riffs con perfume a desierto. Pura mística subterránea.
Sphynx (2003) & Emissaries (2006): La era dorada del despegue. Temas como "Rebirth of the Nemesis" son obras maestras. El sonido es una topadora: rápido, nítido, con una batería que parece una tormenta de arena y unos riffs de guitarra que son gancheros pero hiper-complejos. Acá la banda encontró el equilibrio perfecto entre agresión y folclore.
The Epigenesis (2010): El viaje experimental. Se instalaron en Estambul (Turquía) a grabar en un estudio gigante usando instrumentos locales en vivo. Es un disco largo, psicodélico, casi místico. Perdió un poco de la violencia del Thrash pero ganó en atmósfera.
Enki (2015): Su último material largo hasta la fecha. Vuelven a apretar el acelerador. Invitan a cantar a Max Cavalera (Sepultura) y a Sakis Tolis (Rotting Christ). Es un disco potente, prolijo, pero que ya muestra el desgaste de la fórmula.
Lo que no está bueno :
Pongamos el ojo crítico : a veces se huelen el propio tuco. Con el correr de los años, Melechesh cayó en la trampa de la sobrecomposición. Quieren hacer temas tan épicos, tan largos y con tantos cambios de ritmo que terminan mareando al oyente. En los últimos discos, el exceso de prolijidad en el estudio le sacó el peligro y la roña callejera que tenían al principio. Suena tan perfecto que parece la banda sonora de una película de Hollywood de alto presupuesto, perdiendo esa sensación de amenaza real que el metal extremo necesita para morderte los talones.
5. El Veredicto
Melechesh es una banda fundamental para demostrarle al pibe que el metal no es propiedad exclusiva de los yanquis ni de los europeos. El mérito absoluto de Ashmedi es haber tenido los huevos de armar este proyecto en el lugar menos indicado del planeta, bancarse el exilio y no aflojarle nunca a su identidad cultural. No se disfrazaron de vikingos ni de góticos ingleses; miraron a su propia tierra y a su historia.
El veredicto es positivo, pero con pinzas: es metal para escuchar con atención. No es música para tirar piñas en el pogo como Devourment, ni ruido de computadora como Hacksaw. Esto requiere que te sientes a escuchar las tramas de las guitarras, porque cambian de ritmo y de escala constantemente. El peligro con ellos es que si no entrás en su película mitológica, a los cuarenta minutos de escuchar escalas árabes a fondo sentís que estás adentro de un mercado de especias en Estambul y querés apagar la radio para que te descanse la cabeza.
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