El monstruo del Islote Raine y el culto sangriento de "El Horario" (1936)
Las
crónicas policiales de la Argentina de la década de 1930 están repletas de
malevos de avería, pistoleros de avería y mitos rurales. Sin embargo, hay un
caso real que rompió los límites del horror biológico y psicológico,
convirtiéndose en el secreto más oscuro de la costa santafesina: la historia de
Aparicio Garay, el ermitaño de las islas que no solo mataba por instinto, sino
que devoraba a sus víctimas bajo el mandato de una deidad oculta en el fango
del río.
1. El
escenario: El agujero negro del Delta
Para
entender el horror, hay que entender la geografía. En 1936, la zona de islas
del río Paraná, frente a las localidades de Cayastá y Helvecia (Provincia de
Santa Fe), era un territorio indómito. Riachos laberínticos, pajonales espesos,
barro y alimañas conformaban un ecosistema donde el control del Estado era
nulo.
Allí
vivía una población flotante de cazadores, peones golondrina y pescadores,
muchos de ellos indocumentados. Si alguien desaparecía en esa inmensidad, la
respuesta automática de las autoridades locales siempre era la misma: "se
lo llevó el río" o "cayó en un remolino". Bajo ese manto de
impunidad natural se movía el horror.
En una
porción de tierra aislada conocida como el Islote Raine, se alzaba un precario
rancho de paja y barro. Su ocupante era un hombre de unos 45 años, de origen
brasileño, huraño y de una soledad endogámica absoluta. Nadie le conocía mujer,
amigos ni parientes. Carecía de documentos y utilizaba hasta 16 identidades
falsas (entre ellas Agustín Zamora, Nazario Palmas o Nazareno) para despistar a
los pocos lugareños con los que comercializaba su caza. La historia lo
recordaría como Aparicio Garay.
2. La
desaparición en la Vuelta del Dorado
El
viernes 17 de enero de 1936, el pánico se instaló en la costa. Eusebio Lugones,
un niño de 11 años conocedor de los secretos del río, se encontraba pescando y
jugando en la orilla junto a su hermano mellizo, Pano Lugones. El lugar del
pique era un recodo sombrío conocido como la Vuelta del Dorado.
En un
descuido de escasos minutos, Eusebio se alejó de su hermano bordeando la
vegetación costera. Desapareció sin un grito, sin un chapoteo, sin un rastro.
Su
madre, la señora Giménez de Lugones, inició un calvario que duraría cinco
meses, suplicando en las comisarías de Helvecia y Cayastá que buscaran a su
hijo. Mientras la policía insistía en la teoría del ahogamiento, la madre sabía
que Eusebio no se habría dejado traicionar por el agua. Tenía razón: el nene se
había cruzado con Garay, quien tras encontrarlo solo en la orilla, lo subió a
su canoa bajo engaños y se lo llevó cautivo a su isla como sirviente.
3. El
avistamiento y la trampa en el fogón
La
clave que destrabó el misterio llegó a mediados de mayo. Un botero que navegaba
las inmediaciones del Islote Raine divisó a la distancia a Garay construyendo
una precaria estructura. Junto a él, trabajando bajo un régimen de servidumbre,
había un niño cuyas características físicas coincidían de manera idéntica con
el mellizo desaparecido en enero.
El 19
de mayo de 1936, una comisión policial de la costa se dispuso a ir por él, pero
sabían que Garay era un animal del monte armado con machete y fusil; si veía
uniformes, se fundiría en la espesura del delta. Los oficiales montaron un
operativo cinematográfico: se disfrazaron de cazadores perdidos.
Llegaron
al rancho, bajaron la tensión y ganaron la confianza del ermitaño compartiendo
un fogón. En medio de la charla, simulando una extrema fatiga y hambre, los
policías encubiertos le pidieron algo para comer. Garay, queriendo actuar como
un "buen anfitrión", les ofreció un trozo de carne ahumada que
colgaba del techo de su choza, asegurando que era "carne de
carpincho".
Los
oficiales, desconfiando del aspecto de la carne, la rechazaron sutilmente. Fue
en ese instante cuando la atmósfera del fogón se congeló. Garay soltó una
carcajada gélida y pronunció la frase que desataría el escándalo:
"Hacen
bien en no comer... No es carpincho, es el hijo de la Lugones. El pobrecito era
muy flaquito, no tenía casi grasa".
4. El
rancho de las pesadillas y la ciencia forense de 1936
La
detención fue inmediata. Al requisar el rancho, la policía chocó de frente con
un panorama digno del terror gótico.
Los
frascos: Se secuestraron recipientes de vidrio que contenían aceite y grasa
humana derretida, que Garay utilizaba tanto para cocinar como para lubricar sus
herramientas.
El
camastro: Debajo de su cama de paja, la policía desenterró un cráneo pequeño y
varios huesos largos. Todos estaban completamente limpios y raspados a
cuchillo, demostrando que la carne había sido retirada meticulosamente para el
consumo.
El
fogón: En las cenizas del fuego donde habían charlado, hallaron fragmentos
óseos calcinados y dientes del niño. Garay quemaba lo que no podía ingerir para
no dejar rastros biológicos.
A pesar
de que en 1936 no existía la prueba de ADN y, técnicamente, esos restos óseos
podrían haber pertenecido a cualquier otra criatura del delta, la medicina
forense argentina (fuertemente influenciada por la escuela de Nerio Rojas)
aplicó un rigor científico implacable sobre el material recuperado:
Anatomía
comparada: Mediante el estudio de la densidad ósea y los canales internos
(canales de Havers), los peritos determinaron de forma tajante que los huesos
eran humanos y no de la fauna de la isla (carpinchos o ciervos).
Osteogénesis
y odontología forense: Al analizar las uniones de los cartílagos de crecimiento
(epífisis) en los fémures y el nivel de erupción de los molares hallados en las
cenizas, determinaron que los restos correspondían exactamente a un varón de
entre 10 y 12 años.
Traumatología:
El análisis de la superficie ósea reveló marcas de incisiones filosas hechas
con arma blanca, lo que probó científicamente el desposte intencional y
pulverizó cualquier hipótesis de muerte por ahogamiento.
5. El
misterio de "El Horario": Sincretismo y locura
El
detalle más perturbador del caso radica en el móvil. Garay no mató a Eusebio
por hambre física ni por un brote de ira: obedecía a un culto psicótico de su
propia invención.
En un
rincón de la choza, la policía encontró un altar rústico con un
"santo" tallado a cuchillo en madera blanda de la isla (timbó o
sauce). No tenía rostro definido; era una figura antropomórfica, tosca y
abstracta, un amuleto pagano al que Garay le prendía velas de cebo hechas con
la propia grasa de sus víctimas para pedir protección.
Garay
llamaba a esta entidad "El Horario". En sus declaraciones textuales
ante los investigadores, relató cómo se desencadenó el crimen cuando el nene
manifestó intenciones de escapar:
"Cuando
se iba, El Horario me dijo: se le va a ir, no lo deje ir... Fui a buscar mi
fusil. Tenía que comer para salvarme, El Horario me lo decía".
La
conexión con los cultos afrobrasileños y el Litoral
Aunque
no existe una deidad llamada "El Horario" en el santoral católico ni
en los registros oficiales, los analistas relacionan este delirio con el
trasfondo cultural del asesino:
El dios
Tempo: En el Candomblé y las naciones de origen Bantú del sur de Brasil, existe
la divinidad de Kitembo o Tempo, el señor del clima, de las estaciones y del
tiempo cronológico que rige la vida y la muerte. Garay, analfabeto y aislado,
pudo haber traducido lingüísticamente este concepto místico como "El
Horario".
Los
Horarios de la Kimbanda: En el culto de la Kimbanda afrobrasileña, el respeto
por las horas de la noche (la medianoche, las 3 AM) y las "guardias"
de los Exús es estricto. La frase común "hay que respetar los horarios de
las almas" pudo haberse corporizado en la mente esquizofrénica del
ermitaño como una entidad con voz propia.
El
Señor de la Hora: En el Litoral argentino y paraguayo, el culto popular a San
La Muerte lo sindica como el "Señor de la Hora", la entidad que
ejecuta la sentencia cuando a un mortal "se le cumple el horario"
grabado en el libro cosmológico. El amuleto tosco de madera era la
manifestación física de este sincretismo criminal.
6. La
mirada reptiliana y la justicia pragmática
El 22
de mayo de 1936, Garay ingresó detenido a la Jefatura de Policía de Santa Fe.
Los diarios de masas de la época, como El Orden y El Litoral, explotaron con el
morbo de las teorías criminológicas de Cesare Lombroso, vigentes en la fuerza
policial de entonces. Buscaron en sus rasgos físicos la justificación de su
maldad.
Los
cronistas de la época describieron que Garay poseía una "mirada gélida y
reptiliana", pómulos salientes y dientes afilados. En los años 30, el
adjetivo "reptiliano" no tenía nada que ver con conspiraciones de
extraterrestres; la neurociencia de la época asociaba el instinto criminal puro
al "cerebro reptil" (la capa más profunda del cerebro que solo busca
atacar, comer y sobrevivir sin empatía). Comparar sus ojos con los de un ofidio
o un yacaré era la forma científica y literaria de describir a un ser humano
despojado de toda alma moral.
Debido
al aislamiento del Islote Raine, la prensa instaló el mito de que Garay era
responsable de más de 40 desapariciones de pobladores e isleños en la última
década. Se sospechaba que utilizaba su canoa como un "remís de la
muerte", ofreciendo cruzar a peones adinerados o niños descuidados para
desviarlos hacia los riachos internos del delta.
Sin
embargo, nadie buscó más cuerpos. La policía e investigadores de la época
actuaron bajo un estricto pragmatismo judicial:
El
acceso al delta era sumamente complejo, costoso e insalubre para los recursos
de la época.
Al
confirmarse el horror del caso Lugones, quedó claro que Garay era un alienado
mental peligrosísimo.
El 15
de octubre de 1936, la Justicia lo declaró formalmente inimputable, dictando su
sobreseimiento por locura y ordenando su reclusión perpetua. Probarle 39
crímenes más al juez no le cambiaba la ecuación: el asesino ya estaba fuera de
juego para siempre.
7. El
sangriento final en el Hospital Borda
Aparicio
Garay fue trasladado a Buenos Aires y alojado en el Hospicio de las Mercedes
(actual Hospital Borda), donde los psiquiatras forenses intentaron estudiarlo
como un caso de esquizofrenia y atavismo salvaje único.
Garay
pasó sus días en los patios del manicomio, acuclillado en las esquinas emulando
la postura de pesca que usaba en el río. Los guardias registraron en sus
informes que el interno rechazaba la comida hospitalaria, quejándose
constantemente de que la carne hervida "no tenía gusto a nada" y que
extrañaba la "carne dulce" del Paraná.
Su
pulsión asesina demostró no ser un producto del aislamiento geográfico, sino
una condición incurable. El 10 de octubre de 1938, Garay volvió a ser primera
plana de los diarios nacionales: dentro del pabellón del hospicio, atacó
brutalmente a su compañero de celda (un paciente de origen italiano) con un
rastrillo de jardinería, asesinándolo en el acto. ¿Su justificación? El hombre
"roncaba demasiado" y alteraba su silencio.
Después
de ese segundo crimen intramuros, el rastro de Aparicio Garay se disolvió en
los pasillos de la salud mental forense. En la costa de Santa Fe, su nombre
mutó en leyenda. Durante las décadas del 40, 50 y 60, las madres de Cayastá y
Helvecia dejaron de asustar a los niños con el "cuco" o el
"Viejo de la Bolsa" tradicional. La advertencia para que los chicos
no se alejaran solos a la siesta quedó sellada por la historia real del Islote
Raine: "No te vayas a la costa, que te va a agarrar el caníbal".
Referencias hemerográficas reales de la época que sustentan los datos del informe
Diario El Litoral (Santa Fe): Ediciones del 20, 21, 22 y 23
de mayo de 1936. Cobertura detallada de la detención en el Islote Raine, el
traslado del detenido a la Jefatura de Policía de Santa Fe, las declaraciones
de los oficiales encubiertos y las primeras descripciones fisonómicas de Garay.
Diario
El Orden (Santa Fe): Ediciones de mayo de 1936. Crónicas policiales con un
fuerte tinte de la criminología de la época, detalles del hallazgo del cráneo y
los frascos con grasa debajo del camastro, y transcripciones de la confesión
del asesino sobre "El Horario". Edición del 16 de octubre de 1936,
donde se detalla el fallo judicial que lo declara inimputable y ordena su
traslado al Hospicio de las Mercedes.
Archivos
de Crónica Roja de la Capital Federal: Diarios nacionales de octubre de 1938
(como Crítica o El Mundo), donde se registra el segundo asesinato cometido por
Aparicio Garay dentro del Hospital Borda utilizando un rastrillo contra otro
interno.
No hay comentarios:
Publicar un comentario