La vida, el mito y el nacimiento de Mortiis (y el Dungeon
Synth)
Para entender la oscuridad más profunda del Litoral o los
inviernos de Escandinavia, a veces hay que sacarle la máscara al monstruo. En
el ambiente del Black Metal noruego de los años 90 hubo violencia, fuego y
muerte; pero también hubo tipos que usaron el aislamiento para parir mitologías
enteras desde el living de su casa.
Hoy en
Yerba y Mugre, desarmamos por completo la historia de Håvard Ellefsen, el pibe
de pueblo que dejó una de las bandas más sagradas del metal extremo para
encerrarse con un teclado barato, ponerse una nariz de látex y fundar un género
musical entero: el Dungeon Synth.
Agarrá
el mate, sentate y metete en este viaje de barro, cintas de casete y fantasía
oscura.
1. El
pibe de Notodden: Infancia de un "raro" de pueblo
Antes
de los colmillos, las orejas puntiagudas y el pegamento quirúrgico en la cara,
existió Håvard Ellefsen. Nació el 25 de julio de 1975 en Notodden, un pueblo
industrial chico y chato de la provincia de Telemark, Noruega. Si eras
adolescente en Notodden en esa época y no te gustaba el fútbol, pescar en los
fiordos o terminar trabajando en la fábrica del pueblo, estabas condenado a un
embole existencial absoluto.
Håvard
creció en un hogar de clase trabajadora normal. No hubo infancias malditas ni
sacrificios de gatos en el patio. Era, simplemente, un nene introvertido
obsesionado con los cómics de terror, la literatura de fantasía y los
monstruos. Mientras los otros chicos pateaban una pelota en el frío, él se
quedaba en su pieza dibujando criaturas. Sus padres, lejos de censurarlo, le
bancaban los gustos, sin saber que esa obsesión se iba a volver gigante.
Al
llegar al colegio secundario a principios de los 90, con la explosión mundial
del Thrash y el Death Metal, Håvard adoptó el uniforme: pelo largo, campera de
cuero astillada y remeras podridas. En un pueblo chico, eso te transformaba
automáticamente en el blanco de todas las miradas. El colegio le importaba poco
y nada; no por falta de seso, sino por desinterés total en el sistema. En las
horas de clase, en lugar de prestar atención, se la pasaba escribiendo poemas
oscuros y bocetando lo que años más tarde serían las letras de los himnos del
metal.
2. El
click con Samoth y los cimientos de Emperor
Como
los metaleros en Notodden escaseaban, los pocos que había se juntaban por puro
instinto de supervivencia. En las calles del pueblo, Håvard se cruzó con Tomas
Haugen, un pibe un año mayor que él que tocaba la guitarra y que el mundo
conocería después como Samoth.
Hávard
y Samoth se hicieron carne y uña intercambiando casetes piratas (el glorioso
tape-trading por correo de la época). Escuchaban el Death Metal podrido que
venía de Suecia y los primeros experimentos oscuros de Oslo. En 1991, Samoth y
un joven prodigio llamado Ihsahn decidieron disolver su banda de Death Metal
para armar algo más rápido, místico y satánico: Emperor. Como necesitaban un
bajista que sintonizara la misma frecuencia mental, Samoth miró a su amigo de
la infancia y le dijo: "Håvard, comprate un bajo y metete". Con solo
16 años, el pibe se mandó de cabeza.
3. El
cadete del "Inner Circle" en Oslo
Con
Emperor dando sus primeros pasos, el grupo se conectó con el núcleo duro del
Black Metal noruego liderado por Euronymous, el guitarrista de Mayhem y dueño
de la mítica disquería Helvete en Oslo.
Håvard
viajaba seguido a la capital, pero la realidad es que en 1992 era el
"hermano menor" del grupo. Mientras Euronymous, Varg Vikernes y los
más grandes planeaban la guerra ideológica contra el cristianismo, la quema de
iglesias y se autoflagelaban en los sótanos, Håvard era un adolescente viviendo
una película de terror real. Se quedaba en los rincones de la disquería
empaquetando los discos que se mandaban por correo o leyendo libros de Tolkien.
Aun
así, su marca en Emperor fue fundamental. Él grabó el bajo y escribió de su
puño y letra las letras de las canciones del demo de culto Wrath of the Tyrant
(1992). Himnos eternos que hoy llenan estadios en el mundo, como "I Am the
Black Wizards" o "Cosmic Keys to My Creations & Times",
salieron de la cabeza de ese pibe de 17 años que odiaba el colegio.
4. La
ruptura y el exilio en el calabozo sueco
Para
1993, el clima en el Black Metal noruego se había vuelto irrespirable. La
violencia real, los arrestos y los egos explotaron. Håvard prefirió la fantasía
épica, la literatura de monstruos y el misticismo antes que meterse a quemar
iglesias por mandato de otros. Tuvo diferencias creativas con el núcleo duro y
dejó Emperor justo antes de que el mundo conociera la banda por el disco In the
Nightside Eclipse.
Tras el
asesinato de Euronymous a manos de Varg Vikernes, la policía noruega empezó a
cazar a cualquiera que tuviera pelo largo y una remera negra. Para limpiar su
cabeza, Håvard armó un bolso y se exilió en Halmstad, Suecia.
Ahí
empezó la etapa más austera y cruda de su vida. Solo, sin un mango, viviendo en
una habitación minúscula que parecía un calabozo real, apenas le alcanzaba para
pagar el alquiler y comer fideos comerciales. Extrañando sus bosques, su
familia y su pueblo, decidió que no necesitaba una banda para expresarse.
Agarró sus pocos ahorros, se compró un sintetizador/teclado de gama baja (un
Casio o Roland viejo) y un grabador de casetes de cuatro canales.
Para
separar su aburrida y precaria vida humana de su arte, diseñó una máscara de
látex con orejas puntiagudas y nariz alargada, inspirada en los troles de los
cuentos tradicionales escandinavos y los orcos de Tolkien. Se puso encima
túnicas medievales, mugre y sangre falsa. Había nacido Mortiis.
5. El
origen con lujo de detalles del Dungeon Synth
Lo que
Mortiis hizo en esa piecita de Suecia entre 1993 y 1999 (la famosa "Era
1" de su discografía) fundó un subgénero entero. Él no lo sabía, pero
estaba inventando el Dungeon Synth (Música de Sintetizador de Calabozos).
El
caldo de cultivo: Las intros del Black Metal
En los
primeros años 90, bandas como Emperor, Satyricon o Burzum metían intros
instrumentales hechas con teclados baratos en sus discos para generar un clima
de castillo abandonado antes de que arrancaran los gritos. Mortiis agarró ese
concepto y decidió que todo su proyecto iba a ser una eterna intro de teclado.
Las
reglas de oro de la "Era 1":
Con
discos legendarios como Født til å herske (1993) o Ånden som gjorde opprør
(1994), Mortiis selló el manual del género:
Minimalismo
absoluto: Canciones larguísimas de 20 o 30 minutos basadas en la repetición
hipnótica de tres o cuatro notas de teclado, simulando vientos, cuerdas
artificiales y campanas medievales. Ideal para escuchar de noche tomando unos
mates en el silencio.
Estética
Lo-Fi (Baja fidelidad): Al grabarse de forma casera en cintas de casete, la
música tenía un siseo constante, un sonido sucio, rústico y opaco que le daba
más realismo, como si fuera una cinta encontrada en las ruinas de una torre.
El
ambiente del Black Metal lo adoptó al toque. Aunque no había guitarras
distorsionadas ni baterías furiosas, la música transmitía el mismo desprecio
por la sociedad moderna, la misma soledad y el mismo aislamiento del monte.
El otro
pilar: Varg Vikernes tras las rejas
El
género terminó de consolidarse de la forma más extrema posible. Cuando Varg
Vikernes (Burzum) fue condenado a 21 años de prisión por asesinato en 1993, la
dirección de la cárcel le prohibió tener guitarras eléctricas o batería en su
celda para no molestar. Lo único que le dejaron pasar fue un sintetizador.
Encerrado
entre cuatro paredes de piedra en un calabozo real, Vikernes grabó los discos
ambientales de Burzum Dauði Baldrs (1997) y Hliðskjálf (1999). El mito se
cerraba: era música hecha literalmente en el encierro, evocando la melancolía
del pasado pagano.
A raíz
de esto, a mediados de los 90 se armó el "Club de los Sintetizadores"
en el underground. Músicos pesados armaron proyectos paralelos para canalizar
su amor por los juegos de rol (como Dungeons & Dragons), la literatura de
Tolkien y los videojuegos antiguos de PC. Ahí salieron proyectos brutales como
Wongraven (de Satyr, vocalista de Satyricon), Neptune Towers (de Fenriz,
cerebro de Darkthrone, tirado a la ciencia ficción cósmica) o los alemanes de
Depressive Silence.
¿De
dónde salió el nombre "Dungeon Synth"?
En los
90, nadie usaba ese término. Mortiis lo llamaba Dark Dungeon Music o música
ambiental. Recién en el año 2011, un fanático del género abrió un rincón en
internet llamado Dungeon Synth Blog. El tipo unió las palabras
"Dungeon" (por los calabozos, el rol y los castillos) y
"Synth" (por los sintetizadores analógicos de vieja escuela). El
nombre fue tan perfecto que el underground lo adoptó como la etiqueta oficial
definitiva.
6. La
mutación industrial y el olor a látex
Con la
llegada de los años 2000, Håvard se cansó de la soledad del teclado. Se sacó
las túnicas, se armó una banda completa, se vistió de cuero y tachas, y mutó
hacia el Metal Industrial y el Rock Gótico. Discos como The Smell of Rain
(2001) o The Grudge (2004) demostraron que el tipo tenía una cabeza brillante
para meter sintetizadores furiosos y guitarras distorsionadas a lo Nine Inch
Nails o Ministry, llegando a meter videos en MTV.
Durante
años, su compromiso con el personaje fue absoluto. El tipo hacía las
entrevistas, los viajes en micro y los shows con la máscara pegada con
pegamento quirúrgico. En las notas de prensa, con su clásico humor negro, seco
y callejero, confesó que a mitad de las giras el olor a sudor acumulado,
cerveza vieja y pintura dentro de la máscara era tan nauseabundo y putrefacto
que ni él mismo se aguantaba, pero que el uniforme del metal no se negociaba
por nada del mundo.
7. El
regreso del Viejo Lobo de los troles
Hoy en
día, Håvard Ellefsen es un tipo de lo más terrenal, maduro y accesible. Dejó
atrás los fantasmas de los 90, volvió a vivir en Noruega y es padre de familia.
Cuando se saca la máscara de látex, lleva una vida normal: cuida a sus hijos,
pasea por los bosques de Notodden y colecciona vinilos viejos de rock de los 70
y 80.
A
veces, cuando le pinta la nostalgia, desempolva las prótesis, se calza la nariz
de trol y sale de gira por el mundo a tocar los viejos casetes de los 90,
recordándonos a todos que la verdadera pesadez no siempre necesita una guitarra
eléctrica al palo para pudrirte la cabeza.
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